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La moral en permanente creación
Hoy día, tanto las personas como las instancias públicas
se ven enfrentadas con frecuencia a problemas éticos inéditos.
Como los que plantea el sida, la pedofilia o, recientemente con
la concesión de una indemnización a un minusválido
profundo al que un médico permitió nacer contra
la voluntad de sus padres. Cuando surge una situación
nueva, ya no podemos, como antaño en un mundo más
estable, referirnos a reglas morales incontestadas, a normas
ampliamente reconocidas, para juzgar lo que conviene hacer. En
cada ocasión hay que aceptar con prudencia el riego de
elaborar algo nuevo.
Si nos conformamos con aplicar las reglas establecidas, a
las que adherimos interiormente, eso puede ser suficiente para
iluminar nuestro comportamiento en la vida diaria. Pero cuando
se presenta una cuestión nueva, al no tener una solución
preparada de antemano, se solicita y se compromete el sentido
moral de una forma más clara. En este punto, ya no nos
guían las reglas preestablecidas sino una exigencia interior
de consciencia y de responsabilidad. Entonces intervienen, ya
no soluciones prefabricadas, sino grandes perspectivas de orden
moral, que nos permitan elaborar una respuesta prudencial a la
situación inédita que se nos presenta.
Cuando se trata de cuestiones que nos conciernen directamente,
es importante, ante todo, tomar distancias con respecto a nosotros
mismo y a los sentimientos que pugnan en nuestro interior, con
el fin de captar con suficiente lucidez los datos reales del
problema. Resulta útil poder hablar del problema con alguien
en quien confiemos, no para que nos dé una respuesta sino
para que nos ayude a detectar todos los elementos de la cuestión.
Si adoptamos sin más una solución propuesta por
una tercera persona, (lo cual sería, además, un
error por su parte) equivaldría a dimitir de nuestra responsabilidad.
Significaría sobre todo que no somos capaces de asumir
la decisión tomada, porque sólo nos comprometemos
plenamente con todo nuestro ser, en una decisión por la
que hemos optado personalmente.
No se trata de elaborar una respuesta ideal, sino de tomar en
cuenta, lo menos mal posible, los diversos elementos, en parte
inconciliables, que constituyen precisamente la complejidad de
la situación. Esto consigue que aceptemos la parte de
sombra que implica necesariamente toda solución concreta.
Es imprescindible que nos sintamos al mismo tiempo implicados
en los grandes problemas de la sociedad. Es un error dejar a
los "expertos" la última apreciación
de lo que es válido y bueno. Estos expertos, excesivamente
marcados por el dominio preciso de su ámbito de investigación,
no son necesariamente los más aptos para medir las repercusiones
y las consecuencias en la vida concreta. En último análisis,
es la apreciación de unos y otros, fundamentalmente, lo
que permitirá la elaboración de los valores y de
las leyes eficaces para regular la vida en comunidad. Las lineas
de comportamiento válidas sólo pueden proceder
de la experiencia vivida, y de las evaluaciones que de ellas
se van haciendo progresivamente.
De ahí el peligro de juicios inmediatos y categóricos.
Si emitimos un juicio "a priori" y excesivamente rápido
sobre situaciones nuevas, no podremos tener en cuenta los elementos
múltiples y complejos que la componen. Evitando, tanto
como sea posible, experiencias inaceptables a todas luces ¿deberemos
dejar que el tiempo vaya clarificando poco a poco lo que resulta
constructivo y valioso para las personas tanto como para la sociedad?
Una moral normativa nos da -o nos impone- soluciones prefabricadas.
Una moral humana despierta en nosotros la capacidad de juicio
y de responsabilidad, que nos capacita para afrontar las situaciones,
frecuentemente inauditas, que ofrece la vida cotidiana. |