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Los sin papeles en la mezquita
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Habitualmente se invitan a las iglesias.
Esta vez, han escogido ir a la gran mezquita de París.
Una vez conseguido el apoyo de las comunidades cristianas (católica,
protestante y ortodoxa) reclaman el de la comunidad musulmana.
El Rector de la gran mezquita tendría que tomar posición
sobre la nueva ley de inmigración. Como musulmanes, se
sienten autorizados para hacer esta demanda. |
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Oyendo por la radio la ocupación
de la mezquita, me fui inmediatamente para allí. Apenas
llegaba, vi a los sin papeles que salían de la mezquita
y se agrupaban cerca de la entrada. |

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- Me cuentan su decepción:
"Hemos sido mejor acogidos en las iglesias. Ha sido imposible
reunirse con el Rector. Será mañana".
Los policías formaban un muro ante la entrada de la mezquita.
¡Impresionante! Al cabo de una hora, se retiraron y las
puertas de la mezquita se cerraron.
he aquí que unos hombres venían a hacer sus plegarias.
Se tropezaron con una puerta cerrada.
Su número no cesaba de crecer y sobrepasaba al de los
sin papeles. Los dos grupos se encararon y comenzaron a increparse.
"Por vuestra culpa están cerradas las puertas. Iros
de aquí y se abrirán las puertas. Nos estáis
impidiendo que oremos".
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Los sin papeles expresaron su cólera:
" ¿Cómo podéis ir a orar sin mostraros
solidarios con vuestros hermanos? Estamos en peligro ¿Cómo
podéis honrar a Dios dejándonos de lado? Dejad
de hacer un grupo aparte. Uníos a nosotros".
Subía el tono. Llegaron a las manos. ¡Qué
triste espectáculo ver a unos creyente destrozarse mutuamente
ante un lugar de culto! |
La oración no nos libra de las tareas de este mundo. El
ser humano tiene que ser lo primero. Se le antepone el culto
y sus devociones. ¡Claro, es mucho más fácil!
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¿Otro mundo?
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Al final de la tarde, los turistas frecuentan numerosos este
barrio céntrico de Paris. Disfrutan entrando en los comercios,
se detienen para consultar los menús de los restaurantes,
y no vacilan en hacer cola para comprar helados. |

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Con un amigo de paso, seguimos el flujo de la multitud.
Pasando ante una iglesia antigua, sentimos el deseo de entrar
en ella. Es grande y nos sobrecoge su belleza. El coro está
iluminado y se oyen las melodías del órgano. Sobre
el altar, está expuesto el Santísimo Sacramento.
Un joven sacerdote está arrodillado, revestido de una
capa antigua, acompañado de dos jóvenes con alba.
Tres mujeres están en los reclinatorios. La iglesia está
vacía. La multitud está fuera.
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Después de un canto y una oración en latín,
el sacerdote inciensa el Santísimo Sacramento, se pone
un velo sobre la capa, y sube al altar para coger la custodia.
Hace un gesto amplio de bendición ante una nave vacía.
El pueblo está ausente.
¡Extraña liturgia! Da la impresión de haber
pasado a otro mundo. Lo importante es cumplir el rito. Como si
el rito se bastara a sí mismo. Poco importa que haya gente
o no. |
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La fuerza de los débiles
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Durante tres días se celebró en París
un salón internacional de iniciativas para la paz. Más
de 200 organizaciones de todos los continentes se reunieron para
animarnos a cultivar la paz por medio de la no violencia allí
donde estemos. |

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Después de una mesa redonda, tomo animosamente el camino
de los puestos. ¡Hay 120!
¡Qué alegría encontrarse con mujeres y hombres
que trabajan por un mundo menos violento, más justo, más
solidario y más respetuoso del planeta! ¡Qué
profusión de iniciativas! Este repunte de la gente del
terreno me llena de esperanza.
Voy de puesto en puesto y mi bolsa se llena de libros y folletos
que me dan con gusto.
No hay duda; la cultura de la paz por medio de la no violencia
está abriéndose paso en las conciencias y sobre
el terreno. Sin paz, ¿puede haber un desarrollo armónico
del ser humano, de todos los seres humanos? |
La no violencia no es algo mediático. Se expresa
poco en el campo de las artes. En cuanto a la abolición
de la guerra, aún no ha entrado en la conciencia de la
humanidad.
Este salón internacional de iniciativas para la paz me
recuerda la fuerza de los débiles. El evangelio invita
a ver la fuerza secreta que se encuentra entre los pequeños:
basta con que sean auténticos. |
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Un encuentro de Pentecostés
En Lucerna (Suiza), la casa Romero sopla sus 20 velas.
Lleva el nombre del arzobispo de San Salvador asesinado en 1980
mientras celebraba la misa. Este centro misionero no ha cesado,
a lo largo de los años, de ser un lugar de encuentro,
de compartir, de formación abierta a todos los pueblos.
Vuelvo allí por tercera vez, contento de respirar el gran
viento de alta mar.
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Para este aniversario festivo, hay mucha gente. Los buenos
aromas de la cocina se escapan de los puestos: se pueden encontrar
especialidades de Corea, de Vietnam, de la India, de Brasil,
de Camerún
Las mesas redondas suscitan el interés,
encantan los conciertos, la celebración ecuménica
teje lugares de comunión.
Durante mi intervención en la velada, ante un auditorio
atento, pensaba en aquello que se dice a menudo en Taizé:
"Cristo no ha venido a crear una religión más,
sino a ofrecer una comunión de amor a todo ser humano". |
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El Espíritu Santo encuentra con cada uno y con cada
una, de manera única, y lo abre al mismo tiempo a la inmensidad
del mundo. Vida interior y solidaridad humana están ligadas.
Mons. Romero lo vivió así. En la víspera
de su muerte, se dirigió a los soldados y a los policías:
"Hermanos, sois del mismo pueblo que nosotros. Matáis
a vuestros hermanos y paisanos". Los invitaba a desobedecer
la orden de matar. |

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